Viaje a las tierras de nadie
En la capital venezolana convergen dos semblantes, uno de ellos es el gueto. La gran sombra detrás del espejo de la ciudad. Una nube naranja que sofoca los picos caraqueños. La sucursal del cielo escamó su piel para convertirse en la filial del abismo.
Diariamente, cuatro millones de personas se dirigen a sus moradas ubicadas en las barriadas de la ciudad, cual himenóptero a su hormiguero. No tienen nada que envidiarle a la odisea de Ulises. Subir para un cerro se asemeja a montarse en la Kingda Ka, no es apto para cardíacos.
Uno de los barrios más conocidos en la sultana del Ávila es La Vega. Nefasta es la vía para el barrio, que compite estrechamente con la carretera de Yungas. Un Jeep Toyota Land Cruiser aligera la cuesta que parece interminable. La gente parece una jauría en busca de su presa: la buseta. Es curioso que a través de una minúscula ventanilla se pueda observar una película digna del cine bélico.
Cloacas que parecen fuentes suplicantes por una restauración. La inmensurabilidad del cielo es obstruida por largas telarañas de cables que suavizan la decadencia de servicios y las condiciones infrahumanas. Cuando no se tiene nada se quiere en exceso.
Todo vehículo está sujeto al constante juego de evitar los hoyos que se asemejan a los ojos del queso. Asimismo, cada vez más el terreno es deforestado para construir “casitas piripi” de calamina, a lo sumo de arcilla. Caracas dejo de ser la ciudad de los techos rojos para transformarse en la ciudad de los ladrillos naranjas.
Una tierra de nadie donde viven ciento cuarenta mil habitantes. Esa es la vida en un lugar desapacible y sin propiedad. Lo que lleva a deducir que al final del día, nada nos pertenece.
Palabras claves: Vega, barrio, Caracas, vías, viaje
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Crónica realizada por Maryoly Ibarra

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