viernes, 15 de julio de 2011

Reseña por Jatnna Farías
En el edificio del INCE viven noventa y dos damnificados

Refugio del silencio

Resulta una pesadilla visitar a alguna de las personas que lo han perdido todo y ahora se encuentran en alguno de los refugios habilitados por el gobierno. La hermeticidad es la característica más resaltante. Nadie quiere decir nada, tal vez no pueden.

En el refugio habilitado en el edificio del INCE en Los Ruices son dos los pisos en los que conviven que noventa y dos damnificados. El aire huele a humo de cigarrillo, aunque las paredes están cubiertas con afiches hechos a mano que indican que está prohibido fumar.

Solo una persona habló, fue Freddy Niozoa de 18 años quien llegó al refugio hace siete meses cuando las lluvias de diciembre se lo quitaron todo. Ahora vive aquí con su familia, sus padres y cinco hermanos. Comparten un cubículo, ahí duermen y conviven diariamente. Él es el coordinador de deportes del refugio, se encarga de organizar a los jóvenes para ir al Parque del Este a entrenar.

El refugio parecía una obra en construcción, parte de los refugiados trabajan en las remodelaciones del edificio. En todas partes hay tablas y tobos de pintura.

La coordinadora del primer piso estaba organizando a las familias que irían a un acto por la semana del Bicentenario para “cumplir el protocolo”. Una mujer se negó a ir porque tenía miedo de que le robaran las cosas en su ausencia “no tengo a nadie que me cuide mis peroles” se quejó.

Durante mi visita otro “coordinador” me obligó a apagar mi cámara, diciéndome “sospechosa” y obligándome a abandonar el lugar.




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