Hippies bien hablados.
El Museo de Bellas Artes me traslada con facilidad a mi niñez. Podía pasar horas en la llamada plaza de los museos, divertido, con un helado en mano y disfrutando del arte y representación callejera, de ninguna forma marginal. Vine a visitarlo, pensando reencontrar en Caracas un lugar donde pudiera disfrutar de mi tiempo libre, alejado de la trillada rutina del cine y el centro comercial.
Entro sin más, pues no hay quien comparta mi intención, y, a pesar de que guarda la misma belleza estructural que recuerdo, hay algo indescifrable en el aire que no grita sino de fealdad. Se intensifica cuando descubro sólo cuatro de las salas abiertas, algunas con excusas escritas en papel, otras aparentemente tapiadas.
Al entrar a la primera de las salas me recibe un fuerte olor: aire estancado, humedad y desidia. Las obras son escasas y despiertan poco interés, pues es imposible concentrarse con tal hedor; la soledad es agobiante y un ligero sentimiento de claustrofobia es suficiente para no querer permanecer allí más de lo necesario, por lo que regreso por la puerta con la intención de explorar las demás exposiciones, con el temor de encontrarlas en el mismo estado.
Un hippie, desarreglado, sin zapatos y vistiendo algo que yo utilizaría para dormir, me sorprende frente a la cinemateca preguntándome la hora. Le respondo, y luego de una corta conversación, me maravillo con su léxico y prosodia, fuera de lugar considerando los prejuicios habituales de una sociedad que mira con desaprobación la diversidad. Vino a ver una película del cine latinoamericano. Yo no puedo demorar, así que sigo mi camino.
No tuve suerte, pues aunque estaban en mejores condiciones, poco difieren las demás salas de la primera. No quiero permanecer acá. Al salir, adonde mire puedo ver uno o dos hippies con sus atuendos interesantes, quienes miran con verdadera fascinación las obras que no despertaban en mí la más mínima admiración. Y no es que sea yo filisteo, sino que encuentro el ambiente nada propicio para la apreciación artística. La calma que habita el museo no habla de la paz de la contemplación, habla de desolación.
Retirándome al fin, pienso en las personas que han dejado que este santuario de magnificencia se haya deteriorado así. En un breve momento de absoluta claridad, agradezco en voz baja que nuestra herencia cultural esté en manos de un puñado de hippies bien hablados.
Crónica: Marco Cruz
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